Muchas empresas se acercan a la formación bonificada con un objetivo principal: «no perder el crédito de FUNDAE». Aunque es comprensible, este enfoque puede llevar a invertir tiempo y recursos en acciones que apenas tienen impacto real en el negocio. Diseñar un plan de formación útil implica ir más allá del simple aprovechamiento económico.
Parte de las necesidades del negocio, no del catálogo de cursos
El primer paso es partir de las necesidades del negocio: ¿qué retos estratégicos tiene la empresa para los próximos meses o años? ¿Qué cambios prevé en clientes, procesos, tecnología o normativas? A partir de ahí, esa hoja de ruta se traduce en competencias a reforzar, por ejemplo:
- Habilidades comerciales.
- Gestión de proyectos.
- Liderazgo.
- Atención al cliente.
- Uso de herramientas digitales.
Escucha a quienes están en el día a día
Los mandos intermedios y las personas de los equipos suelen tener una visión muy clara de dónde se atasca el trabajo, qué conocimientos faltan o qué errores se repiten. Involucrarlos en la detección de necesidades mejora el ajuste de las acciones formativas y aumenta el compromiso con el aprendizaje.
Prioriza: pocas acciones bien enfocadas, no cursos genéricos para todos
Una vez identificadas las áreas prioritarias, conviene ordenar el plan por objetivos y colectivos. No todo el mundo necesita las mismas formaciones ni al mismo tiempo. Es preferible un programa intenso de ventas para el equipo comercial o un taller práctico de liderazgo para responsables de equipo, que disparar en todas direcciones con cursos genéricos.
Cuida el formato: favorece la transferencia al puesto
No todas las materias se trabajan igual de bien en sesiones presenciales largas. A veces puede ser más eficaz combinar breves módulos online con sesiones presenciales de aplicación práctica, o utilizar casos reales de la propia empresa como base de trabajo. La clave está en favorecer la transferencia al puesto: que lo aprendido se vea reflejado en cambios concretos en el día a día.
No pierdas de vista los requisitos formales de FUNDAE
En paralelo, hay que tener muy en cuenta:
- Tipologías de formación bonificable.
- Documentación necesaria.
- Plazos de comunicación.
- Requisitos de asistencia.
- Límites de costes.
Una buena planificación evita sorpresas posteriores —por ejemplo, descubrir demasiado tarde que una acción no era bonificable tal y como se ha organizado— y permite aprovechar el crédito con seguridad.
Mide el impacto, no solo la satisfacción
Más allá de las encuestas de satisfacción al final del curso, es recomendable definir indicadores previos, por ejemplo:
- ¿Mejora la tasa de cierre de ofertas?
- ¿Mejora la calidad de la atención al cliente?
- ¿Se reduce el número de errores en un proceso?
Vincular la formación a estos objetivos y revisarlos unos meses después ayuda a ajustar el plan y a justificar la inversión.

Comunica el plan a la plantilla
Es importante comunicar el plan de forma clara: por qué se ha diseñado así, qué se espera de cada persona, cómo se va a apoyar la aplicación al puesto. Cuando las personas entienden el sentido de la formación y ven que está conectada con la realidad del negocio, es mucho más probable que se impliquen de verdad.
En definitiva, un buen plan de formación bonificada es aquel que parte de la estrategia, escucha al equipo, cuida el diseño pedagógico y respeta los requisitos de FUNDAE. Si además se cuenta con un partner especializado que se encargue de la parte técnica y administrativa, la empresa puede centrarse en lo importante: que la formación se traduzca en mejores resultados.

